¿Después de abril qué nos quedó?

A la vuelta de un año del suceso más resaltante de los últimos años de nuestra siempre prolija historia sociopolítica, el 11 de abril (inmortalizado como el 11A)  convive en el subconsciente venezolano de hoy. Un extraño combinado de emociones que tiene como denominador común un sentido pesar por aquellos fallecidos que nunca dejaron de ser irrespetados por el cinismo político, ni siquiera en la muerte. Aquellas reminiscencias tenebrosas de un mes de abril, que seguimos viéndolo como presente y no como pasado, que siguen evocando aquellas pregunta que desde el tiempo de las guerras púnicas siguen coexistiendo en nosotros: ¿Cómo hemos podido llegar a esto? quizá porque es una pregunta que muchos no quisieran saber su respuesta.

[Conocer “las respuestas”, inexorablemente pasa por estar dispuesto a asumir responsabilidades en cualquier momento, y esa condición no es parte de las cualidades éticas de nuestra clase política] Examinando el fragor de los acontecimientos, aún con todas las siniestras sombras detrás de las cámaras y aún en [el extenso terreno] especulación pública, debemos partir de un aspecto central: los actores de nuestro escenario político, desde mucho antes del ascenso al poder del actual gobierno, han sentido un inmenso desprecio por el sistema político estatal [que consiguió desarrollar] el adversario político. Han mantenido una concepción antagónica (suma cero),  de la realidad política y social del país, y más aún del ejercicio del poder. Ante lo cual difícilmente podría erigirse firme un Estado, inclusive si se hacen elecciones y sus autoridades quedan legalmente constituidas. El gobierno como manifestación de autoridad política es inestable, potencialmente amenazado con la subversión, la conspiración, o en el más pendenciero de los casos, con la desobediencia: [el otro nunca está en los planes, el otro es “desestabilizador” hasta que se demuestre lo contrario. La presunción de civilidad no está planteada].

En [aquellos] días de abril se evidenció -para asombro de muchos- el desplazamiento de una élite política constituida por otra impuesta, acción que pasó por la anuencia del alto mando militar de aquel entonces, quienes en su histórico rol latinoamericano, fungieron [una vez más, aunque con más duda que tino] como los “árbitros” armados de las disputas fratricidas de los representantes políticos civiles. Nadie se acordó ni de artículos, ni de poderes públicos, ni de elecciones, ni de soberanía, el objetivo político era claro: hacerse de la gracia de los militares, y con ello controlar la columna más firme de las jóvenes democracias de América Latina: una nueva modalidad de Golpe de Estado podría estarse gestando en la región.

Después de tanta vicisitud, se recrearía en el país el advenimiento de la violencia política, la cual en complicidad con la lasciva impunidad que permanece hasta hoy, retrasarían al país unos cuanto años más de construcción política democrática e institucional. Nuestra civilización yace hundida en un abismo lleno de dilemas, a los que siempre le habíamos evadido.

Aún persiste un régimen político que no deja de  salpicar culpas de su incapacidad por doquier, calificando de “golpe de Estado” lo que para la fecha sucedió, pero manteniendo el incumplimiento flagrante de sus responsabilidades sobre la administración de la justicia y sobre el funcionamiento de los demás poderes públicos del Estado, recrudeciendo aquellas actitudes que motivaron tal sangriento acontecimiento. También sobrevivieron a la pesadilla personajes civiles y militares que siguen en libertad y declamando pasajes de la constitución, exacerbados no por vencer al adversario, sino por eliminar al enemigo. Quienes no sobrevivieron, pagaron con el anonimato sus consignas: pagaron cara su participación política. Martirizaron nuestra aún primitiva dinámica colectiva. En efecto, el snobismo de la “revolución” ha traído a nuestra cultura política, las más escalofriantes de nuestras miserias, como efecto sintomático. Puesto que “los unos y los otros”  como prefería expresarse Ortega y Gasset, plantean un discurso “revolucionario” de hundir todo lo anterior, desarticular “al otro”, prometer quintas, sextas y séptimas republiquetas aéreas y descartar de la escena pública todo vínculo entre los fuertes sectores de poder, [con los] que seguimos compartiendo esta “Tierra de Gracia”.

Sin embargo, vale preguntarse: ¿qué nos dejó aquel episodio tan funesto? Además de las amarguras antedichas, nos ha dejado mucho definitivamente. Moralejas de todo tipo y a todos los niveles de nuestra estructura social, han movilizado a nuestra sociedad política, le ha motivado a asociar intereses en innumerables nuevos partidos, Asociaciones Civiles y en organizaciones sociales, quienes comienzan la laboriosa tarea de recomponer el tejido social, y la reconstrucción del espacio público apuñalado por tan artero episodio [de intolerancia y fanatismo]. Destacándose a la vuelta de una año, la demanda de un liderazgo político responsable, que se esfuerce en un pacto político firme, que no atente más contra la vida de nuestra República y que redima al lisiado y maltrecho sistema político venezolano.

Publicado el 13/05/2003. Diario de Caracas (Edición Número 8.057).

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Publicado por

Xavier

Politólogo (UCV y UAB). Magíster en Estudios Latinoamericanos (USAL). Director de la ONG Entorno Parlamentario (@eparlamentario). Miembro del equipo directivo de @EducaMiranda

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