La Celac y la incombustible quimera integracionista

I Parte: desde el ideal de unidad americana, al declive de la OEA

Integración. En la historia de las relaciones internacional, integrarse bajo criterios militares, económicos, religiosos o políticos a resumidas cuentas, ha sido más que una acción deliberada de los Estado por permanecer y prevalecer en el tiempo: es una circunstancia propia de la vida política internacional, que naturalmente implica tensiones permanentes entre autonomía y dependencia, entre rivalidad y cooperación, entre amenazas y oportunidades.

En el caso americano, la palabra integración, alude muchas cosas a la vez: desde un objetivo político, hasta un estado de ánimo. La integración como medio, y a la vez como fin, es parte de esas grandes indefiniciones bien intencionadas de la retórica presidencial latinoamericana.

En efecto, si hacemos una revisión de la historia de las relaciones internacionales del hemisferio, difícilmente haya un proyecto político nacional, un discurso de algún estadista o algún “lugar común” más aplaudido en nuestras cumbres de jefes de Estado, en donde la palabra integración no figure. En el caso latinoamericano, desde el congreso anfictiónico de Panamá de 1824, pasando por el espíritu del Protocolo de Ushuaia de 1998 y hasta en las constituciones políticas de países como Argentina (artículo 75.24), El Salvador (artículo 89), Perú (artículo 44) o República Dominicana (artículo 26.5) la integración es un ideal de convivencia más que aceptado, aunque muy pocas veces entendido como un proceso que implica sacrificios, delegación de competencias, lapsos, negociación y a fin de cuentas deberes comunes.

La integración para la región, es una manera de entender la socialización en cercanía, de aquellos que con naturalidad cultural nos asumimos como parte de una hermandad. Para nosotros la integración apellidada latinoamericana, en la práctica también ha sido entendida como una trinchera para la retórica norte-sur, incluso ha pasado de ser un proyecto político sostenible, a una patología doctrinaria de nuestras élites gubernamentales, impermeable al aprendizaje de los errores y las oportunidades fallidas del pasado.

No es un dato aislado que en esta parte del mundo, sea la que más tiempo, dinero y esfuerzo haya invertido en crear la mayor cantidad de instituciones de integración regional: a la fecha van veintiocho contando la aún por concretar CELAC (Comunidad de Estados Latino Americanos y Caribeños, por sus siglas en español)[1]. Estas organizaciones, reunidas por el más diverso signo político, geográfico y temático comparten, además de grandes ideales e importantes avances institucionales en materia de cooperación y desarrollo. Sin embargo, también acumulan un historial de reconocida disfuncionalidad y suntuoso burocratismo, no tan solo reportado por analistas sino reconocido también por varios diplomáticos latinoamericanos en sus intervenciones.

Parte de ese saldo negativo, tiene que ver con lo que se entiende por integración latinoamericana, en el marco de esas imágenes, mitos, prejuicios y visiones que tenemos de la esfera regional. En este sentido, nos preguntamos ¿qué papel juega la integración como concepto, en el “deber ser” de la política continental? ¿La historia de la integración latinoamericana ha sabido asumir también sus costes y sacrificios? Pareciera que no.

El declive de la OEA: motivación de los radicalismos del hemisferio.

La postura regional, plasmada desde Venezuela con la CELAC, asume a la integración desde los cimientos históricos de la independencia y de la lucha por la soberanía[2]. Ante esto algunas preguntas: ¿no es precisamente ése el núcleo epistémico que ha condicionado el éxito de la empresa? ¿Acaso la cesión de competencias, fortalecer la institucionalidad común existente y la apertura de libre comercio intra-regional, no es lo que a fin de cuentas implica integrarse en esquemas regionales? ¿La soberanía entendida como concepto de cohesión dinámica con la región y no como dogma de fe, no ha sido precisamente la razón de nuestra compilación de oportunidades perdidas?

Para Caracas, La Habana, Managua, Quito y La Paz pareciera estar claro el camino: la sustitución irrestricta de la Organización de Estados Americanos (OEA) por una instancia en la que no exista intermediación política con los Estados Unidos ni Canadá, paradójicamente los principales socios comerciales de la región. El peso de la historia para algunos de nuestros dirigentes en la región, sigue siendo el asidero de nuestros resentimientos y el freno más fuerte para afrontar el futuro de la integración (Oppenheimer; 2010).

Entre tanto la OEA, instancia política ampliamente reconocida por sus palaciegos festines y por sus limitados aportes concretos a las diferentes crisis políticas del hemisferio en los últimos años, está atravesando -lo que pudiera ser para algunos- sus peores momentos desde los años sesenta. Recientemente la bancada republicana aprobó drásticos recortes contributivos con este organismo hemisférico[3], alegando que es controlado por el eje Caracas- La Habana. En cualquier caso, la decisión estuvo más orientada por criterios económicos de “austeridad en tiempo difíciles” y de política neo-conservadora. Lo cual supondrá importantes restricciones al ejercicio diplomático del principal mecanismo de política exterior estadounidense, con América Latina.

Una política exterior, que vale recordar, vivió su mayor distanciamiento durante la administración de Bush y que en la actualidad, sigue sin darle prioridad de agenda a una de las pocas regiones del mundo que ha afrontado con cierta solvencia los efectos de la crisis mundial[4] y con quien comparte un importante espacio de resonancia político-cultural que recuperar. Los extremos al final se tocan. Esta postura que se asume desde el “coloso del norte”[5], ciertamente le permite espacio político al nacionalismo latinoamericano más radical, que siempre ve amenazante la presencia de los EE.UU. en cualquier foro internacional y que da por descartada cualquier acercamiento siquiera diplomático. En  unas circunstancias en la que actores emergentes en la política mundial, como China, Rusia e India asumen un posicionamiento estratégico prominente en la región, resulta poco comprensible como desde Washington se mina un foro político, que en momentos de tanta incertidumbre política necesita hoy más que nunca.En nuestra próxima entrega evaluaremos riesgos, oportunidades y dificultades de este escenario hemisférico en ciernes y la factibilidad de la CELAC: 2 parte: puentes, traductores y personalismos.

 Segunda Parte: Puentes, traductores y personalismos

Tercera Parte:  La CELAC vista desde El Silencio: la declaración de Caracas

Publicado en Entorno y Phelan.cl. Enlace original aquí


[1] Este tema fue analizado más detenidamente en mi artículo ¿Es necesaria una nueva organización regional sin los Estados Unidos? (17/05/2010)

[2] Hacer coincidir las fechas de las reuniones con las fechas bicentenarias, reivindica todo el ritualismo simbólico del reforzamiento de las independencias y de la soberanía nacional, conceptos entendidos desde el esquema de pensamiento centro-periférico de dos siglos atrás.

[3] Cabe destacar que Canadá y EE.UU, contribuyen con cerca del 30% del financiamiento de esta organización, en el caso de este último su aporte anual es de 48 millones de dólares anuales. La medida de suspensión de aportes, fue aprobada por un estrecho margen: 22 votos republicanos contra 20 votos demócratas.

[4] Una región que a pesar de sus importantes asimetrías, tiene un PIB de aproximadamente 6,3 billones de US$, con lo cual en términos regionales es la tercera potencia económica a nivel mundial, además del mayor productor de alimentos del mundo, entre otras materias primas donde destaca su potencial energético.

[5] La cuál es sostenida desde tiempo atrás y que en su momento desencantó a importantes académicos y colaboradores de Obama, para la reconducción de su política exterior con América Latina, como es el caso de la sorpresiva renuncia de Arturo Valenzuela.

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Publicado por

Xavier

Politólogo (UCV y UAB). Magíster en Estudios Latinoamericanos (USAL). Director de la ONG Entorno Parlamentario (@eparlamentario). Miembro del equipo directivo de @EducaMiranda

5 comentarios sobre “La Celac y la incombustible quimera integracionista”

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