La Celac y la incombustible quimera integracionista. 2da. parte

II parte. Puentes, traductores y personalismos

Veíamos en nuestra entrega anterior cómo la integración formaba parte de la socialización política latinoamericana más primaria, fundamentada en nuestra cercanía geográfica y en los parentescos culturales. También comentábamos cómo el carácter discursivo, entre otras circunstancias adversas, obstruían su consolidación en los procesos de integración que ha intentado la región a la fecha.

Estos deseos compartidos, requieren de aspectos operativos que van desde la inversión directa en infraestructura hasta el flujo migratorio intra-regional. Lo cual permita una mayor proximidad socio-cultural entre nuestras sociedades y trascender en la práctica la volatilidad presidencialista, la cartografía ideológico-partidista y la contingencia de los calendarios electorales.

Puentes

Dicho de otro modo: la integración vista como un puente y no como una coartada retórica para conseguir inversionistas cercanos y alejar aún más a los distantes. Por ello, cuando hablamos de puentes, queremos significar tanto la responsabilidad política de los Estados en el cumplimiento de los compromisos internacionalmente asumidos, como la inversión en infraestructura de vialidad, puertos, trenes, aeropuertos, convenios de intercambio de ciudadanos y demás concreciones que hagan de la integración una realidad tangible (Rueda Junquera, 2003). En este marco situacional, es necesario señalar que los sistemáticos incumplimientos, los zigzags de acusaciones mutuas y el incontrolable espíritu de “refundación permanente” ante los errores de los intentos integracionistas del pasado, han ido debilitando los puentes ya existentes y que simplemente requieren regularidad en el cumplimiento y compromiso para su mantenimiento.

A tales efectos, nos preguntamos: ¿se remedian los problemas de la integración limitando la interlocución política con los principales socios comerciales de la región? La evidencia empírica del bilateralismo indica todo lo contrario. De momento, lo único claro que se tiene con el proyecto de la CELAC es que será una instancia política que, alentada con el espíritu del “Movimiento de los Países No Alineados”[1], aspira el fortalecimiento internacional de la región sin los Estados Unidos de América ni Canadá.

Un objetivo hemisférico que con toda certeza no será sencillo, pues esta postura contradice la apreciación de otros mandatarios de la región. Algunos de ellos consideran que deben fortalecerse las relaciones de complementariedad intra-regional -para poder mejorar las capacidades de negociación extra-regional- también recalcan la inconveniencia de prescindir de un espacio de interacción con los Estados Unidos, lo cual básicamente niega posibilidades de resguardo de otros intereses económicos y políticos (por ejemplo, la Unión Europea y Asia).

Traductores

Es innegable el peso gravitacional que ejerce la presencia de los EE.UU. en la estructura comercial del hemisferio, pero nos preguntamos: ¿resultaría atinado para nuestros países, construir un foro donde los puentes institucionales sean delegados exclusivamente a los traductores que trabajan en las embajadas estadounidenses? ¿Es enfatizando nuestras divergencias políticas, idiomáticas e idiosincráticas con los EEUU que América Latina consigue equilibrar las relaciones norte-sur? Las demostraciones hechas desde los países emergentes hacia los países del llamado “centro”, en el marco de la actual crisis financiera, ofrecen argumentos de sobra para asegurar todo lo contrario.

La OEA debe dejar de ser una de las últimas de las prioridades diplomáticas de los países del hemisferio. En la actualidad, la mayoría de sus representantes son embajadores cercanos a su jubilación y sus resoluciones tienen cada vez menos pertinencia y margen de influencia, en unas circunstancias globales cada vez más inciertas, amenazantes y donde los unilateralismos tienen ya poco asidero práctico.

Ya otras organizaciones multilaterales de la región han emprendido importantes reformas internas, como ha ocurrido con la Corporación Andina de Fomento (CAF) o el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), por nombrar sólo dos. Organizaciones denostadas por la retórica anti-neoliberal y que hoy mantienen una sólida presencia en importantes proyectos de infraestructura, en un plano de equilibrio constructivo con las autoridades de buena parte de los Estados latinoamericanos.

Es por ello que tener un espacio diplomático donde poder reunirse con países aliados, neutrales y adversarios, es mucho más provechoso que no tenerlo, más aún en momentos cuando la región diversifica sus relaciones con otros países como China, o con bloques regionales tan importantes como la Unión Europea.

No es casual que esta línea reformista y de necesaria modernización de las estructuras democráticas en la región, sea el tema a debatir de la pasada Cumbre Iberoamericana de Jefes de Estado, celebrada recientemente en La Asunción, Paraguay.[2]

Personalismos

A comienzos del pasado año 2010 se realizó una Cumbre en Cancún en la que, además de las habituales reyertas entre mandatarios[3], quedó patente la deliberada intención de crear este organismo regional sin la presencia de los EE.UU. y Canadá. Una iniciativa con implicaciones geopolíticas de hondo calado, aprobada por los presidentes asistentes sin mayores miramientos sobre su institucionalidad y eventual soporte normativo. Espacio muy propicio para el “dibujo libre” de los personalismos más beligerantes de la región.

Precisamente, Venezuela asumiría para el año “bicentenario” la iniciativa de proponer las directrices de esta nueva institucionalidad regional. Sin embargo, circunstancias estrechamente relacionadas al estado de salud del Presidente Chávez, obligaron su diferimiento para el mes de diciembre de este mismo año. Situación que sugiere el rótulo personalista de la cita regional y la potencialmente permeable institucionalidad por proponer. Cabe destacar que si la decisión no se toma en Venezuela se resolverá en el 2012 en Brasil, lo cual pudiera apresurar al gobierno venezolano a asumir compromisos regionales para dejar su impronta en la naciente organización; circunstancia que llega en el preámbulo de uno de los procesos electorales nacionales más inciertos que el partido de gobierno haya tenido que afrontar.

Ahora bien, reiteramos un año y medio después: ¿qué creamos en Cancún? La interrogante queda abierta aún, especialmente cuando nos referimos a los procedimientos. En el documento suscrito no se plantea con certeza alguna lo que será este organismo desde el punto de vista institucional. No se define periodicidad, ni jefatura, ni competencias sobre los países signatarios. Se afirma principalmente la motivación: la región precisa de una instancia de concertación política de 32 países con igual representación aunque de disímil participación, pero que a su vez sea una institución ligera, que no represente más cargas financieras para los países, con flexibilidad en sus competencias: una declaración de intención que despierta aún muchas dudas si tomamos en cuenta la realidad reciente ya reportada[4].

Lo que efectivamente observamos, es una enorme preocupación de nuestros gobiernos (sobre todo de los autodenominados “progresistas”) sobre qué tan unidos, soberanos y autárquicos nos perciben en el resto del mundo, pero sin ocuparse por circunstancias tan básicas como el intercambio socio-demográfico, el seguimiento a los acuerdos comerciales y la protección de inversiones, entre muchos otros factores ya conocidos.

Pareciera que la historia la seguimos empleando como un compendio de motivaciones de autoayuda, como un asunto de permanente actualidad para reforzar y revelar nuestros complejos de inferioridad, y no como una bitácora para aprender de nuestros errores de cara a las oportunidades que nos ofrece el futuro. Al igual que la democracia, todos asumen levantar con decisión sus banderas, pero pocos aceptan de buena gana los rigores de sus procedimientos, la vulnerabilidad de sus instituciones o la lentitud de su ritmo en el tránsito para su apropiación cultural (Aron; 1999).

Primera Parte: Desde el ideal de unidad americana, al declive de la OEA

Tercera Parte:  La CELAC vista desde El Silencio: la declaración de Caracas

Publicado en Entorno. Enlace original aquí


[1] Organización aún vigente desde la Conferencia de Bandung en 1955 y que a la fecha no tiene un documento normativo que regule su funcionamiento institucional.

[2] Celebrada el pasado fin de semana, 28 y 29 de octubre, con el título de la declaración “Transformación del Estado y Desarrollo”.

[3] Entre las cuales destaca la reclamación argentina a la exploración y posterior explotación petrolífera en las islas Malvinas, así como el cruce de palabras entre el saliente Presidente Álvaro Uribe y su homólogo Hugo Chávez.

[4] Solo entre 2007 y 2008 han habido 40 Cumbres, 857 puntos de acuerdos y centenares de discursos (algunos de ellos muy emocionales aunque pronto olvidados).

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Publicado por

Xavier

Politólogo (UCV y UAB). Magíster en Estudios Latinoamericanos (USAL). Director de la ONG Entorno Parlamentario (@eparlamentario). Miembro del equipo directivo de @EducaMiranda

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