Vincent Van Gogh en Caracas

Por Leandro Area. (06/03/2012) En recuerdo que guarda la memoria, uno de esos barberos de ocasión con que nos tropezamos en la vida, me había insinuado de pasada que comenzara a rasurarme con los ojos cerrados; que navaja y pulso realizarían trabajo preciso y eficiente sin necesidad de mirar, como un pincel en manos de un artista. Razón tendría. Y si en principio no tenía que ver una cosa con la otra, llegó a Caracas Vincent Van Gogh invitado por una de esas cofradías que creen todo posible; y mire usted que lo lograron. Embasurados por otros asuntos del diario trajinar, la noticia pasó desapercibida.

Nos dimos cita en el centro de la ciudad para acceder a su deseo de visitar el casco histórico. Visto de cerca se parecía más a sus autorretratos que a las fotos que se conservan de él publicadas en libros. Llevaba barba, sombrero de paja y su tez parecía bronceada, “como todo holandés que se respete”, agregó alguien. Mediría uno ochenta y pesaría setenta kilos. Su mirada era cítrica a pesar del azul de sus ojos profundos. No paseábamos a un turista cualquiera, sino a un ser especial que llamaba la atención, para embarazo nuestro, de transeúntes y vendedores ambulantes. “A que no te tomas una chicha, catire”.

SU LEY NO era la charla, aunque mudo no fuese. Así, parte de sus 37 años de vida, la dedicó a la palabra dicha o escrita. No por casualidad fue predicador, aprendiz de santo entre mineros, vendedor de cuadros ajenos, escribidor de cartas que a su querido hermano Theo enviaba persistentemente, en un número no menor a las seiscientas, y que hoy se atesoran en entrañable libro.

Al rato de estar dando vueltas por Caracas nos pidió que fuéramos hacia las faldas del Avila. Por allí, en plan de excursionistas postizos, seguimos la ruta de la Cota Mil. Después de un rato de camino, como si él fuera el guía del recorrido, nos invitó a sentar debajo de un tamarindo en el que pajareaban dos “Cristofué”. Nos quedamos esperando sus comentarios que se resumieron en una sonrisa plácida, cómplice y agradecida. Mas la luz, la larga espera que irradiaba en rededor nuestro, y la ansiedad que demostrábamos por saber qué le había parecido el recorrido, lo invitaron a hacer lo que mejor sabía con su mayor lenguaje, y comenzó a dibujar al carboncillo unas líneas valoradas de matiz, un bosquejo sutil e iluminado.

SIN SABER QUE es admirado, que sus cuadros alcanzan cifras astronómicas, y que hay hasta un grupo musical que lleva el capcioso nombre de “La Oreja de Van Gogh”, quiso morir un 27 de julio de 1890 por mano propia y finalmente dejó de existir el 29 de julio de ese año. Mañana se cumplen 116 años de ese despecho que todos llevamos dentro. Don Mclean compuso una canción en homenaje a Vincent, que dice en una de sus estrofas:

“…y cuando no quedó esperanza alguna a la vista/ en aquella estrellada, estrellada noche/ tú tomaste tu vida, como los amantes hacen a menudo./ Pero yo habría podido decirte, Vincent,/ que este mundo nunca fue hecho para alguien/ tan hermoso como tú”.

Lo que no supo explicar aquel barbero del que se hace mención en el primer párrafo es que ese aprendizaje sagrado, el de verse morir a uno mismo a través de la muerte de otro, pudiera ser tan doloroso, tan humanamente inhumano, hasta dejarnos íngrimos.

Enlace original aquí.

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Publicado por

Xavier

Politólogo (UCV y UAB). Magíster en Estudios Latinoamericanos (USAL). Director de la ONG Entorno Parlamentario (@eparlamentario). Miembro del equipo directivo de @EducaMiranda

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