El 12F en clave comparada: las primarias en América Latina. I parte.

Por Xavier Rodríguez Franco. Entorno Político.

La política como hecho contingente de la vida en sociedad siempre representará un desafío permanente para los conceptos y categorías con los que las ciencias sociales buscan explicar patrones, plantear tendencias o aproximaciones para la comprensión de los fenómenos. En este marco, las pasadas elecciones primarias del 12 de febrero (12F), organizadas por la coalición política reunida en la Mesa de la Unidad Democrática (MUD), representan un proceso sin precedentes en nuestra historia política y un referente socio-político para la región latinoamericana -y quizás en el mundo. En las próximas líneas, reflexionaremos sobre el 12F en virtud del contexto regional de nuestros días, haciendo una breve revisión de sus implicaciones frente a los retos de la gobernabilidad democrática de este lado del mundo.

Un proceso electoral como el que recientemente vivimos los venezolanos es un testimonio contundente sobre la importancia de la cultura del pacto político, correctamente entendido, en contraste con la tentación personalista, y rescata la idea de una de gobernabilidad fundada en la gestión respetuosa de la diversidad de toda sociedad. Asimismo, este proceso electoral nos plantea la posibilidad de “repolitizar” la vida pública de forma pacífica, con menos descrédito y menos ocasión al desaliento. Una repolitización en la que el concurso ciudadano sea el protagonista.

Elecciones primarias: una buena noticia para la democracia.

Una elección primaria constituye una práctica política en la que se amplía el rango del escrutinio público[1], en este caso sobre la escogencia de candidatos frente un proceso electoral. Cada primaria supone una consulta, que ofrece una inmejorable legitimación democrática para la escogencia de representantes. En una frase, una primaria es un pre-escrutinio sobre la nominación de candidatos de un partido -o una coalición- como prolegómeno a una competencia electoral.

La democracia es definida a partir de sus procedimientos y de sus prácticas institucionales, no sólo con base en la declaración de intenciones de sus representantes. Ante esta circunstancia, las primarias permiten la ampliación en la deliberación y mantienen el vigor de la movilización ciudadana, condición necesaria tanto para impulsar la institucionalización de los partidos políticos, como también para fortalecer la institucionalidad democrática (Panebianco 1982; Freidenberg; 2009). Su aplicación representa una diversificación de la participación popular y una manera de enriquecer el debate sobre los asuntos públicos.

Si bien es cierto que los procesos de primarias son relativamente “jóvenes” en la historia de la democracia moderna, también es cierto que no existe un modelo único e indiscutido de procesos primarios. No existen elecciones primarias como un sistema, sino más bien “sistemas de primarias” que varían de país en país, incluso, en el caso norteamericano donde hay una dilatada tradición en este tipo de elecciones, con normas, prácticas y resultados muy variables entre entidades federales y épocas (Duverger; 1957).

Las principales referencias de las primarias en la literatura politológica habitualmente nos remiten a un abanico que va desde las que se practican en los Estados Unidos (con la técnica del caucus), pasando por las prácticas de las convenciones suizas y llegando hasta los “polls” de designación belga de finales del siglo XIX. Es a mediados del siglo XX cuando muchos partidos europeos fueron introduciendo procesos de nominación interna, como una fórmula para evitar la personalización de los partidos y el mejoramiento de su representatividad política, particularmente en el Parlamento (Putnam; 1981).

Primarias latinoamericanas.

En América Latina, países como Brasil, México, Chile, Costa Rica y Uruguay tienen tradición en la práctica de las elecciones primarias. Pero es en la década de los noventa, cuando las primarias se utilizaron como mecanismo de consulta partidaria de cobertura nacional, específicamente para la escogencia de sus candidatos presidenciales, más no así las candidaturas a otros cargos de elección popular (Carey; 2005). Con lo cual se rompe, en cierto modo, el mito de que las elecciones primarias latinoamericanas siguen un patrón de imitación a las primarias estadounidenses.

Particularmente en la América del Sur, se incorporarían elementos propios de la sociología de la transición desde regímenes autoritarios, que pudieran garantizar el compromiso político de las coaliciones de partidos encargados de la movilización a favor de la democracia (O’donnell, Schmitter y Whitehead; 1994). En Argentina, Chile y Uruguay, esto contribuyó a incrementar la legitimidad de la coalición política en el momento en que la dirigencia pasaba la espinosa responsabilidad de la escogencia de candidatos comunes a la ciudadanía. Lo cual resguardaba en buena medida a la transición de sospechas y fricciones internas, en un momento en el que se afrontaba la complejidad de elecciones fundacionales en países con escasa tradición democrática. Es aquí donde resulta capital destacar que las primarias revitalizan la expectativa democrática, especialmente si tomamos en consideración a los procesos políticos de esta “hora menguada” de la historia política del continente. La elección primaria, mantuvo viva la imagen de “equilibrios mínimos”[2] dentro de la coalición y ante la opinión pública, circunstancia que garantizaba la direccionalidad política de la transición y un resguardo de la confianza como emoción posterior al miedo.

Si bien es cierto que las primarias aún han sido pocas en las jóvenes democracias de la región, su organización se ha extendido progresivamente en los últimos años, especialmente en escenarios políticos contenciosos. Su potencial legitimador ante la ciudadanía ha conseguido mitigar la conflictividad, incluso en sistemas electorales altamente polarizados (Alcántara; 2002).

Es importante destacar que en la región han existido dos grupos de elecciones primarias:

1.- Elecciones primarias internas.

Han sido las más extendidas en la práctica y son aquellas que se han celebrado en el marco de la disciplina partidaria. En estos países se han acuñado las elecciones primarias en los marcos normativos de procesos electorales, como ha ocurrido en las reformas electores de Costa Rica, Paraguay y Uruguay de 1996 y, posteriormente, Bolivia (1999), Honduras (2000) y Panamá (1997)[3]. Algunos partidos de larga estabilidad electoral tienen una importante tradición de primarias como, por ejemplo, el Partido de Liberación Nacional (PLC) de Costa Rica, el partido Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) del Perú o la Unión Democrática Independiente (UDI) de Chile. En algunos casos, las elecciones primarias buscan mitigar la hostilidad entre facciones intestinas dentro del partido, por medio de la aplicación de mecanismos de democracia interna.
En México, si bien el Partido Revolucionario Institucional (PRI) hizo esfuerzos experimentales por incorporar las primarias en los años noventa, fue en el 2000 cuando por primera vez las realizarían para la escogencia del candidato presidencial. Sin embargo, esta primera elección primaria para escoger el candidato presidencial, después de más de setenta años en el poder, así como el inocultable descrédito popular de la clase política gobernante, no pudieron evitar la victoria electoral de Vicente Fox del Partido de Acción Nacional (PAN), a finales de ese mismo año.

Otra experiencia ilustrativa del empleo de una elección primaria para contener a las facciones internas a los partidos, fue la realizada en Uruguay en 1999. En este caso, el propio sistema electoral de casi un siglo de vigencia (“ley de lemas”[4]), suponía una propensión a la fragmentación de los apoyos, necesario para consolidar candidaturas. Una vez derogada la ley, las primarias formarían parte del procedimiento institucional de selección de competidores en el sistema político uruguayo y la participación del electorado sería un poco más entusiasta.

2.- Elecciones primarias multi-partidarias.

Son aquellas que se celebran entre los partidos miembros de una coalición. Este proceso está regido a normas conjuntas, establecidas y respetadas a lo interno del grupo de partidos. En estos casos, tenemos una dificultad estratégica adicional: la capacidad de coordinación política de la coalición. Se han realizado en un contexto político de fuerte pugnacidad, siendo la contención su principal función frente a circunstancias muy adversas. De este modo, el planteamiento unitario reivindica la posibilidad de superar la capacidad de movilización de cada partido por separado. Este tipo de primarias concita un esfuerzo sostenido para garantizar la integridad en la representación política, frente a un conjunto de partidos con intereses, prácticas y liderazgos desiguales, cuyas opciones de triunfo ciertamente son exiguas en el caso de presentar candidaturas individuales (Alcántara; 2002). Sobre esta segunda forma de elecciones primarias, ahondaremos a continuación.

Además del caso chileno, que evaluaremos más adelante, destaca la experiencia de primarias multipartidarias, como las que vivió Argentina en noviembre de 1998. El escenario de convulsión política de  aquel entonces y la sostenida crisis socioeconómica llevaron a que una confederación de partidos políticos argentinos, existente desde el año 1994 (FREPASO [5]), y el partido de la Unión Cívica Radical (UCR), hicieran una alianza que le garantizara mayores posibilidades de movilización electoral. Sectores de izquierda y de centro, cesaron en sus discrepancias en virtud de las posibilidades estratégicas que ofrecía la unidad electoral, con lo cual lograron un importante triunfo en las elecciones generales de noviembre de 1999.

Más recientemente, en México los militantes del Partido de Acción Nacional (PAN)[6] realizaron elecciones primarias de cara a las próximas elecciones presidenciales de 2012[7]. Por su parte, en agosto del año pasado se realizaron las elecciones primarias de todos los partidos políticos en Argentina, como condición para presentarse a las elecciones generales celebradas en octubre de ese mismo año[8]. Como vemos las elecciones primarias, han acompañado el devenir electoral de la región latinoamericana, sin embargo aún queda mucho camino por recorrer para que estos mecanismos de democracia interna modernicen la institucionalidad partidista de nuestros países (Colomer; 2002). Este tipo de prácticas pudieran contribuir a revertir la crisis de legitimidad de los partidos políticos de las últimas dos décadas, la cual pervive en muchos sistemas políticos, como el caso venezolano por ejemplo.

En la próxima parte, examinaremos con más detalle el caso de la “Concertación Chilena”, sus proximidades y distancias a la experiencia venezolana del 12F. Asimismo, evaluaremos ese componente inédito aunque inacabado de las elecciones primarias de la Mesa de la Unidad Democrática.

Segunda parte

Enlace original aquí.


 Notas


[1] El rango de amplitud de esta escogencia puede variar. Como veremos más adelante, existen primarias abiertas, en las que participa cualquier ciudadano, y cerradas, en la que participan solo los militantes de un partido.

[2] La sociología política se refiere con este concepto a ese estándar mínimo en el que la correlación de fuerzas, dentro de una coalición, garantiza su sostenibilidad en el tiempo y la legitimidad necesaria para el establecimiento de acuerdos y compromisos internos.

[3] Entre estos modelos formales de elecciones primarias destaca el modelo Uruguayo (de obligatorio cumplimiento para todos los partidos en un mismo día para las primarias) el modelo convencional costarricense ( en el que todos los niveles de representación popular son sometidos a primarias por medio de las convenciones en primarias cerradas) y el modelo normativista boliviano (que le exige mecanismos de democracia interna a los partidos en sus estatutos, antes de registrarse como partido). Para una completa documentación de la legislación electoral en los sistemas de primarias latinoamericanos véase Manuel Alcántara (2002). “Experimentos de democracia interna: las primarias de partidos en América Latina”. Kellogg Institute for International Studies. Working Paper n° 293. Disponible en línea en el siguiente enlace: http://goo.gl/pXkeD

[4] Siendo derogada por la denominada “Ley  de  Elecciones  Internas  de  Partidos  Políticos”  de  1998  (Ley  17.063)

[5] Coalición partidaria constituida por el “Frente Grande”, el partido “PAIS” (Política Abierta para la Integridad Social), la Unidad Socialista y el Partido Demócrata Cristiano. Frepaso se disolvería posteriormente, tras la crisis política de diciembre del 2001.

[6] Partido que actualmente ejerce el gobierno mexicano, en manos de Felipe Calderón desde diciembre de 2006.

[7]Resultando electa Josefina Vásquez Mota con el 55% de los votos.

[8] Elecciones en las que Cristina Fernández de Kirchner resultó victoriosa tanto en su partido (Partido Justicialista) como en la elección presidencial, siendo la primera mujer reelecta como Presidenta en América Latina.


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Publicado por

Xavier

Politólogo (UCV y UAB). Magíster en Estudios Latinoamericanos (USAL). Director de la ONG Entorno Parlamentario (@eparlamentario). Miembro del equipo directivo de @EducaMiranda

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